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Cuando el odio degenera

 

Países, regiones, con poblaciones de diferentes creencias y tradiciones que han convivido por generaciones de manera pacífica, en un momento de la historia todas estas estructuras sociales saltan por los aires, al crearse conflictos que desembocan en grandes catástrofes. No cabe aquí la confrontación de manera natural, al entrar en juego controversias políticas que generan violencia a causa de intereses geopolíticos, económicos o religiosos y que, además de la devastación de vidas, dejan sembrado odio, rechazo, indignación entre los supervivientes.

Ziad Doueiri, de origen libanés, ha querido transmitir su experiencia a través de su obra cinematográfica El insulto: “Hubo un incidente desencadenante que me dio la idea de hacer una película, un incidente muy parecido. Tuve una pequeña disputa con un obrero cuando yo vivía en Beirut, intercambiamos insultos cada vez más fuertes hasta que yo bajé y me disculpe y se acabó. El concepto de la historia no se basa en ese incidente, sino quizá en el hecho de haber vivido la guerra de pequeño, he presenciado muchas cosas que el ser humano no ve normalmente. En la película no hablo de palestinos o de cristianos, eso es sólo el contexto, la plataforma. No hay un hombre bueno y un hombre malo. La película es acerca de dos seres humanos con perspectivas, contextos y creencias distintas, que creen en sus propios métodos de justicia y tratan de reivindicarlo”.

Los dos protagonistas, un cristiano libanés y un palestino refugiado en Líbano, se enzarzan en un asunto aparentemente impersonal como es la reparación de una tubería, lo que lleva a uno a proferir un insulto y al otro a exigir una disculpa, sin que ninguno de los dos se mueva de su posición. Los profundos odios arraigados hacen que estas diferencias se enroquen en una disputa que va tomando proporciones cada vez mayores hasta llegar a los tribunales y al gobierno.

En el desarrollo de los acontecimientos, podemos constatar que tanto el insulto como la exigencia de disculpa aparecen en un contexto histórico de luchas sangrientas, venganzas y humillaciones por ambas partes, carga acumulada y callada que sobrepasa el acontecimiento en si mismo. El juicio tiene la función de desvelar lo oculto que se había convertido en tabú, de poner voz a lo que nadie se atrevía a decir, de hacer historia.

El director de la película va más allá en sus reflexiones: “He querido saber quien es ese enemigo que tengo al otro lado que tanto he odiado y detestado. Al final entiendes que nosotros tenemos nuestro discurso y ellos, la derecha cristiana (a los que hemos llamado fascistas, nazis, extrema derecha), también. Al final he traspasado la linea roja psicológica y he querido saber quienes eran y he entendido que ellos proyectan contra nosotros exactamente lo que nosotros proyectamos contra ellos. Que la idea de victimismo no puede ser exclusiva de nadie”. Tampoco la de sufrimiento ni la de odio.

Queremos rescatar estas palabras porque, aunque es muy difícil extraer lo singular, en un escenario donde el peso de los acontecimientos es aplastante, ese querer saber sobre el otro es la vía para que el odio no degenere. En un primer impulso puede manifestarse como insulto, pero esto ya descarta el acto de violencia al entrar en el campo de la palabra, la única herramienta que tenemos los sujetos parlantes para vincularnos.

El odio es consustancial al ser humano al igual que el amor, dos de nuestras pasiones que Lacan nombra y conjuga al hablar de odioamoramiento, porque no existe la una sin la otra.

Estos desencuentros, siguiendo en el plano de las relaciones subjetivas, no se van a dirimir de entrada por la vía de la denuncia para que un tercero, tribunal o juez dictamine quien es el bueno y quien el malo. Si se pensaran aisladas las dos pasiones, aparecería el impulso de premiar una y castigar otra, dejando  fuera  el sentir y sentido de cada uno de los implicados. Sería una tarea necia efecto de la ignorancia que es otra de las pasiones humanas: el no querer saber de lo que al otro le conmueve. El deseo de saber del otro, lejos de criminalizarlo, pasa por reconocerlo. Este primer paso puede evitar que el odio degenere en confrontaciones insalvables y efectos anímico indeseados.

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