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En un texto titulado “Desgarradura”, Emil Cioran avanza una idea sobre la amistad:

“La amistad es un pacto, una convención. Dos seres se comprometen tácitamente a no airear nunca lo que, en el fondo, cada uno piensa del otro. Una especie de alianza basada en cautelas. Cuando uno de ellos revela públicamente los defectos del otro, se denuncia el pacto, la alianza se quiebra. No hay amistad que dure si uno de los participantes rompe el juego. En otros términos, ninguna amistad soporta una dosis exagerada de franqueza.”

Autores tan conocidos, como Aristóteles y Epicuro, dedican grandes –y justas- palabras a este tema. El primero, entre otras cosas, habla del amor de amistad como un sostén vincular privilegiado, cosa que otros toman para pensar la transferencia en la psicosis; el segundo, por su parte, le otorga un lugar central a la hora de tratar los asuntos humanos –que separa de los divinos-, que son a los que tenemos acceso.

Cualquier persona puede vivir la experiencia de una amistad, pudiendo dar cuenta, desde su sentir, de ella. Puede que el planteamiento de Cioran choque frontalmente con lo que se piensa de este lazo amoroso, dando la impresión de que tiene una idea interesada, egoísta y falsa de él. Pero me parece sumamente sugestivo incluir, en eso que llamamos amistad, que también se trata de una cuestión de derecho y, por tanto, fundada en la palabra. La noción de pacto supone un acuerdo entre las partes, la puesta en juego de la agresividad sin el temor a la irrupción de la violencia, de la destrucción. Así, el cuidado al semejante, el intercambio sincero y la empatía son posibles gracias a la paradoja de que algo debe quedar en la intimidad, sin ser dicha. La verdad, en este caso, no es la de la confesión religiosa ni la de la evidencia científica o judicial sino la de que en la subjetividad humana siempre falta algo, estructuralmente, por lo que hay una disimetría inefable con el otro que es menester tolerar. Es una adquisición individual, un hallazgo propio (aunque no se produzca en soledad) que se comparte, implícitamente, con la otra persona, convirtiéndose en una condición necesaria para el establecimiento de una verdadera amistad.

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