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Hoy en día es un lugar común, “hable con sus hijos”, todo el Mundo lo recomienda. Y está muy bien desde luego; pero lo que hace falta es que sea verdad o, quizás mejor, lo que lo hace verdad es que me haga falta.

Los consejos, que se nos dan constantemente a través de todo tipo de medios de comunicación o de conversaciones personales, tienen a veces la mejor intención. Descartemos en este comentario a las comunicaciones personales, porque ellas están siempre sujetas a la calidad de los interlocutores y resisten mal un análisis general. En cambio los medios de comunicación de masas, como ellos mismos son generalistas (se dirigen a un público en general), pues que lo resistan.

Los “expertos” que nos aconsejan desde los mass media son casi siempre alguien que sabe y nos dice lo que es mejor hacer, para todos, ya que el mensaje no es personal, sino anónimo. En este caso lo que nos recomiendan es algo muy sensato: hable con sus hijos (o habla con tus hijos, aunque ese tuteo no hace más personal el mensaje).

Ocurre, sin embargo, que en nuestra experiencia nos encontramos algunas veces con personas que admiten el consejo y les hablan a sus hijos, les hablan y les hablan… y le ponen la cabeza como un bombo. Mayormente lo que consiguen es que el hijo o la hija les huyan (“ya viene a darme el mitin”, seguro que piensan).

Claro que la frase dice hable con sus hijos, no a sus hijos. Pero hete aquí cómo se escucha a veces el mensaje. Es lo que pasa con los mensajes generales, los escucha siempre un particular, y ése oye siempre lo que quiere, vamos a decir. Éste es un fenómeno que afecta a toda comunicación que no sea personal: se habla en universal, pero se escucha en singular. Naturalmente que esto no impide el trabajo de adoctrinamiento -que es uno de los papeles principales de los mass media-, pero el adoctrinamiento a nivel personal provoca estropicios como el que acabo de relatar.

 

Escuche a sus hijos

El asunto, me parece, es un poco al revés: escuche a sus hijos. Termino de escribir esto y no puedo evitar reconocer que estoy escribiendo en un media (aunque no muy mass, ciertamente) y que mi mensaje es anónimo, o sea general. Entonces alguien podría entender, por ejemplo, que escuchar a los hijos y a las hijas es tanto como aceptar sin más todo lo que digan. O vaya a saber qué otra cosa que la frase puede inducir más o menos.

Con escuchar a los hijos quiero decir, escucharlos, no siempre entenderlos. Incluso mejor no

entenderlos demasiado pronto; es casi seguro que dicen algo más interesante que lo primero que comprendemos. Una niña puede decir “no quiero ir al cole”, por ejemplo; y resulta que es miércoles y no es fiesta. Bueno, si entendemos que no va a ir al cole, se arma la bronca seguro. Pero lo que dice la niña es que no quiere ir al cole; es posible que el padre no quiera ir a la oficina. Pero si no entiende demasiado pronto, si se deja intrigar por el decir de la hija, puede que le pregunte: “Ah, y ¿a dónde quieres ir?”. Sé de al menos un caso en que esa pregunta derivó en una conversación, la niña fue diciendo lo que le gustaría hacer mientras el padre la vestía, imaginaron juntos cómo irían a esos sitios con la mamá. Siguieron durante el desayuno y en el camino al cole. Se despidieron como todos los días.

Es cierto que los hijos no son los mismos cuando son pequeños, adolescentes o cuando ya se han ido de casa (ahí siguen siendo hijos, pero no ejercen). De pequeños es más fácil que nos hablen, suelen estar interesados en ello, sobre todo si se sienten escuchados. De adolescentes la cosa cambia, ya no les interesa casi nunca; y desde luego la adolescencia es una edad que impulsa mucho a los padres a hablar a sus hijos, sobre todo a decirles: no hagas esto o ten cuidado con lo otro. Siento decirlo: es un poco tarde; sin embargo, si los hijos antes fueron escuchados, puede que el resquicio sea mayor.

Escuchar es estar vacío, y eso siempre es muy difícil; lo más fácil es estar lleno. Lleno de ideas, opiniones, temores, suposiciones, rencores, amores, fantasmas, etc… y etc… Vaciarse, perder, dejar ir a toda esa caterva para dejarse penetrar por la palabra del otro, acogerla con placer y fertilizarla. Escuchar es hacer nada, o casi nada: una pregunta, a veces; es el desconocido y mal comprendido campo del no-saber. Qué difícil es no saber, cuánto más fácil es estar lleno de saberes (propios o ajenos, es igual) y entonces encasquetárselos al interlocutor…, bueno, intentarlo, porque a lo bruto no es tan fácil encontrar quien se deje. El no-saber puede ser algo distinto que la crasa ignorancia y ser, alguna vez, la matriz fértil que es capaz de acoger la palabra del otro.

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