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Una persona amiga con la que mantengo una buena amistad me relata con asombro y alivio una experiencia recientemente vivida que la ha conmovido enormemente. La creencia, siempre mantenida, de que su nombre había marcado el devenir de su historia, en unos instantes salta por los aires.

Nunca le gustó su nombre, ademas le resultaba extraño no porque fuera un nombre raro o poco conocido sino porque al ser llamada no se sentía nombrada. Su nombre era para ella como una etiqueta, detrás había silencio, no encontraba ninguna evocación o imagen que lo hiciera amable. Desde los primeros años que recuerda, ese nombre no fue apropiado, como no lo es un número o un nombre común.

Todos sus hermanos llevan nombres de la familia excepto ella. Esto aparentemente anecdótico le era incomprensible, y quedó en ese terreno de lo extraño que, al no encontrar palabras, esa extrañeza del nombre tomó cuerpo haciéndola sentir diferente a los otros. Y comienza a escribir su propia novela: “que siendo la última de varios hermanos, los padres, o no contaban con nombres en la familia para ella o no contaban con ella, con su nacimiento…”. Desde luego su versión le era clara, había nombres en la familia, pero no le tocó ninguno, se quedó fuera. No hay duda que esta novela fue creada en solitario sin contar con los otros.

Además la hermana que la precedía llevaba un nombre compuesto que incluía el de las dos abuelas, lo que cerraba según ella, la posibilidad, en el deseo de los padres, de otra hija. Le parecía un derroche esos dos nombres en uno, los dos le gustaban y se preguntaba por qué no podían repartirlos entre las dos, uno para cada hermana.

A medida que crece se va enterando que su madre antes de casarse se dedicaba a peinar a domicilio a una serie de señoras de la alta sociedad de su ciudad natal y que es a una de ellas a quien debía su nombre. Siempre ocultó su decepción, su nombre hacía referencia a alguien conocido pero ajeno a la familia, lo que no hacía más que reforzar la sensación de no pertenencia al grupo familiar.

Esta composición era pues antigua y recurrente. Más de una vez la había contado a otros o mas bien había manifestado su enfado y desacuerdo, incluso con su madre a la que pedía una explicación, queriendo arrancar un trozo de historia que encajara en su rompecabezas, que confirmara su novela familiar, la sospecha de no había lugar, y así entender los problemas que según ella esto le acarreaba.

Su nombre era pues una reivindicación antigua y causa de malestar. De tanto en tanto volvía la pregunta, por qué todos los hermanos tenían nombres de alguien de la familia, padres, abuelos, abuelas, excepto ella?. El origen gentil de su nombre era para ella la causa del sentimiento de no pertenencia, pero sospechamos que detrás había oculta otra pregunta: tal malestar puede ser producido por el nombre como si tuviera propiedades en si mismo, o por lo que vehicula ese nombre?. A un nombre no le falta ni le sobre nada, sin embargo es portador siempre de una historia, y este bagaje que sin saberlo recibimos, es lo que realmente nos interroga.

Fue a causa del santoral, se acercaba su onomástica y el tema vuelve a actualizarse. Hablando con un amigo de lo pesado que se le hace ese día, hace un relato que, por primera vez, no es reivindicativo sino queriendo compartir un sinsentido. El amigo tocado por la curiosidad escucha toda esa historia sin añadir ningún comentario de cosecha propia, pero al final le hace unas preguntas sobre lo que él echa en falta en esa historia:

-qué significaba para tu madre esa persona?, era importante para ella?, había confianza, amistad, qué cuenta tu madre, cómo la recuerda?

– uy! ni idea, nunca le pregunté

– pues en algo debía ser especial o diferente de las otras personas para las que trabajaba, cuando tu madre quiso ponerte su nombre, no?

-si, es un misterio para mi

Esas preguntas me sorprendieron, y me dejaron sin argumentos porque verdaderamente eran preguntas evidentes que yo nunca había formulado y lo que durante tantos años fue motivo de reclamación pasó a ser, aún sin gustarme mi nombre, motivo de respeto. Y lo más sorprendente es que ya no necesitaba respuestas a las preguntas.

El momento estelar de abrir una pregunta en el campo del otro, ilumina y evoca una respuesta sin mediar explicaciones. Podríamos decir que la respuesta esta incluida en la pregunta si ésta es verdadera. El por qué de ese nombre está perdido desde siempre, por muchos razonamientos que ofrezca la madre, con riesgo de caer en la impotencia ante la insistencia de la hija. La madre hablará de su deseo desde su propia novela familiar, corresponde a la hija interrogarlo, hacer de eso una versión singular.

El nombre como tal pasa a un segundo plano cuando hay reconocimiento de aquel que lo nombra, y ese reconocimiento, desaloja de la propia reivindicación de ser reconocido.

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