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Del deseo y las ideologías

 

En el contexto de las guerras mediáticas pos-electorales para lograr plazas en los distintos ámbitos de poder, un político de una formación de extrema derecha –juez en excedencia- se pronunció a propósito de la condena a la Manada (autodenominación de un grupo de hombres que abusó sexualmente, al menos, de una mujer) por parte del Tribunal Supremo.

Dejando de lado debates jurídicos (sobre los que no podemos argumentar) y otros de orden ético e ideológico (sobre los que sí podríamos pero no forman parte de la materia última de este artículo), aparece un cuestionamiento clave para el sujeto humano: la relación entre el hombre y la mujer. El disparador es la afirmación de este señor respecto a que, desde el punto de vista del hombre –que parece que, para él, es el único digno de ser tenido en cuenta-, la relación más segura con una mujer es a través de la prostitución.

Efectivamente, sin darse cuenta, plantea lo que desde disciplinas como el Psicoanálisis, la Filosofía y la Literatura, se indaga desde hace muchísimo tiempo, constituyendo uno de los mayores enigmas de la condición humana.

En vez de proponer un modelo de la vida amorosa basado en la explotación de la mujer, convendría reflexionar sobre lo que suscita el encuentro libidinal entre un hombre y una mujer.

La primera idea se refiere a la puesta en juego del cuerpo a cuerpo, lo que evidencia la más radical diferencia: ¿qué hacer con lo distinto, lo ajeno, aquello de lo que no podemos tener una experiencia personal?

Correlativamente, si no se trata solo de una cuestión de excitación corporal, aparece la angustia  que supone lidiar con el deseo de la otra persona y, por tanto, del propio. Recordemos que el deseo lleva implícito la noción de falta, de vacío estructural, que, paradójicamente, también es su motor: ¿qué hacer con la falta que se nos presenta como un inefable asociado al deseo?

Una posibilidad es concebir al partenaire amoroso como un objeto en propiedad y, por lo tanto, con el que gozar cuando así se disponga y al que cuidar con celo, controlar, pegar o, llegado el caso, matar.

Otra, coincidente con la propuesta del político mencionado, consiste en abandonar la escena de amor y evitar el vínculo.

Una tercera supone el intento de la tolerancia de la angustia, de la incertidumbre, generada por el encuentro de dos deseos que se imbrican pero no terminan, por su estructura misma, de encastrarse acabadamente. Como decíamos antes, la paradoja consiste en que esta incompletud es el combustible que mantiene viva la llama del deseo.

Vemos que, de lo que se trata, es de posiciones subjetivas, pues estamos destinados a vérnoslas con el otro sexo, el cuerpo y el deseo; cuestión capital a tener en cuenta para no caer en la ilusión de que estamos hablando de  ideologías. En todo caso, éstas nos sirven para sostenernos cuando el afrontamiento de lo verdadero, puesto en juego en el encuentro con el otro sexo, se nos hace insoportable.

 

 

 

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