La frase del título es trivial, cualquiera la entiende. De hecho, hace poco se la mandé a una amiga: yo había pasado por su trabajo y había visto que ella no estaba. Me contestó que, efectivamente, había estado mala. Nada grave.
Ahora bien, si nos fijamos en lo que he dicho, es bastante raro: he visto algo que no estaba. ¿He tenido una alucinación? Creo que no.
Por supuesto, la explicación es simple, he visto la ausencia de algo que esperaba ver. Pero, esta trivialidad nos enseña mucho de cómo vivimos en nuestra vida cotidiana. La percepción, visual en este caso (ya que también podría haber dicho oí que no me contestabas o palpé que no estaba tu cuerpo), no es simplemente que uno percibe un reflejo sensible de lo que hay. Lo perceptivo está íntimamente ligado a otra cosa que no es la pura percepción. En este caso lo notamos claramente, la expectativa de ver a mi amiga hizo que yo viera su falta en un lugar donde la esperaba.
Entonces, mi expectativa, eso que tengo antes de llegar, es una noción de lo que voy a ver de la que casi no soy consciente, la doy por supuesta, a menos que pase algo que la desmienta. Si, al salir por mi portal, viera en la manzana de enfrente una selva tropical, me sorprendería mucho, no descarto que cayera desmayado. Porque nuestra percepción de las cosas está encuadrada por un sistema simbólico que rige lo que vemos y cómo nos relacionamos con las ellas. De hecho, las cosas están construidas entre lo perceptible y lo concebible, con ese orden binario nos relacionamos con las ellas. Hay, todavía, una tercera cosa; esa más difícil de explicar.
Para el Psicoanálisis, el espacio humano tiene tres dimensiones, pero no son las tres dimensiones euclídeas, esas que estableció Euclides de Alejandría en el siglo III a.c.: altura, ancho y profundidad. Esta fantasía de un espacio que es como un cubo funciona perfectamente y a ella nos atenemos normalmente y nos las arreglamos bastante bien con esa noción geométrica. Digo fantasía porque el espacio en el que nos movemos es, en realidad, esférico, como la Tierra sobre cuya superficie nos movemos, pero la curvatura es tan sutil que no la percibimos y podemos hacer como si fuera plana. Tengamos en cuenta que, además, la altura forma parte difícilmente de nuestra cotidianeidad, salvo si usamos un ascensor de cristal o volamos en avión y alguna más como subir escaleras. Pero, en cualquier caso, tenemos una noción geométrica que organiza nuestra percepción, lo sepamos o no. Euclides la describió a partir de la suya que era la misma que la nuestra, luego la matematizó y esto dura desde hace más de dos mil años, y lo que te rondaré morena…
Pero, en el caso de la geometría euclídea (es decir, nuestro sentido común) se trata de cuerpos y de sus movimientos en el espacio; para eso funciona muy bien y no nos estamos chocando todo el tiempo. El Psicoanálisis, a diferencia, no se ocupa de esos cuerpos geométricos, sino de los cuerpos hablantes. Es decir, de esos cuerpos que somos (se puede decir) con sus características, sus posibilidades y sus límites; todo lo que posibilita un amplio campo perceptivo. Pero, como hemos visto, que incluye un universo simbólico que está implícito a cada momento. Las expectativas, las ideas que tenemos de cómo es o debiera ser el mundo son consecuencia de que vivimos, además de en un espacio, en el campo del Lenguaje. Por esto cuando voy andando tengo el texto no explícito: “voy a ver a mi amiga en su trabajo en tal parte del camino”. Y, si no la veo, “veo” que falta.
Así, con esta anécdota banal, estamos conociendo lo que J. Lacan llama las tres dimensiones del espacio humano: la Imaginaria, que es todo aquello que somos capaces de percibir; la Simbólica, que es el aparato de conceptos (y preconceptos) con el que se organiza nuestra realidad; la Real, que es la tercera que decía que era más difícil de explicar. Vamos a intentarlo.
Ocurre, sin embargo, que Imaginario y Simbólico están desvinculados, lo que vemos y lo que pensamos son sistemas diferente y cada uno va por su lado. Esto no lo notamos porque, por nuestra experiencia, hemos comprobado que hay algo que los vincula. Es decir, creemos en nuestra realidad imaginario-simbólica porque hemos ido comprobando, más o menos, que capturan algo real que es lo que, en verdad, las junta. Es decir, creemos en ellas como cosas bien coordinadas porque lo comprobamos “realmente”. Si digo que capturan sólo algo real, es porque no lo capturan todo, lo que sería imposible. Pues lo Real, en su conjunto, es de una complejidad tal que no somos capaces de percibirlo ni de concebirlo; por eso la Ciencia no termina nunca de entenderlo todo. Pero, resulta que con ese algo es suficiente para que nos orientemos en él y para que vivamos allí. Si no diéramos una, sería otra cosa, nos extinguiríamos seguramente.
Todo esto nos ilustra cómo la realidad en la que vivimos es subjetiva. No es que sea individual, al contrario, es compartida, al menos en buena medida; por eso hablamos de nosotros y sentimos pertenecer a una comunidad. Es por eso que cada época y lugar viven en esas realidades compartidas que son modificadas históricamente. Muchas cosas que para nosotros son normales, lo comprobamos al viajar, no lo son en otros lugares. ¿Quién tiene la verdad? “Nosotros, por supuesto”. Claro que también cabe cierto sano escepticismo sobre ese “nosotros” y sobre cómo son las cosas en “realidad”. Cierto escepticismo no es no creerse nada, por supuesto, es no creérselo todo. Por tanto, ese “cierto” nos permite ser más respetuosos con lo que vemos diferente e, incluso, aprender algo, entender por qué allí son diferentes y que ninguna es mejor, sino que en cada lugar se funciona de una manera u otra. Nada nos impide preferir la nuestra, si ese fuera el caso, que, a veces, hay quien prefiere la otra.
El Psicoanálisis ayuda a esta lucidez, la vuelve menos inquietante y nos impulsa a tratarla con más curiosidad que miedo.
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