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En un diccionario se definen las palabras. Se delimita, dentro de lo posible, su sentido, sus usos en la lengua. La gramática se ocupa de la forma en que esos elementos se enlazan, se relacionan, para formar unidades más complejas de sentido. Obviamente, la combinación de estos elementos es, en la práctica, inconmensurable.  Y cada una de estas elecciones tiene unas consecuencias de sentido bien distintas. Pensaba en todo eso cuando trataba de ponerle título a la idea sobre la que pretendía escribir. Y dudaba. No sabía si utilizar “nosotros y los otros” o “nosotros o los otros”. Y obviamente la conjunción es muy diferente a la disyunción.

Justamente tenía entre mis manos un texto de Agamben titulado “La inmanencia absoluta”, en la que para el desarrollo de su idea parte del análisis de un texto de Deleuze, llamado “La inmanencia: una vida…”. Habla  del valor del léxico, no ya solo en lo relativo a los sustantivos, sino respecto al valor particular que adquieren ciertos adverbios para algunos autores, y extiende su análisis a los signos de puntuación, como por ejemplo los guiones, en lo que denomina “filosofía de la interpunción”. En lo relativo al citado artículo se centra especialmente en los signos de puntuación empleados en el título, los dos puntos entre los términos y los puntos suspensivos finales. Dice respecto a los dos puntos: “en los tratados de puntuación, los dos puntos es, generalmente, definida por la intersección de dos parámetros: un valor de pausa (más fuerte que el punto y coma, y menos que el punto) y un valor semántico, que marca la relación indisoluble entre dos sentidos, cada uno de los cuales está en sí mismo acabado”.

El modo en que se relacionan ambos términos es un asunto capital en lo que ataña a la clínica individual, a las dinámicas grupales y por supuesto a la política.

Tomando lo anteriormente citado, elijo para relacionar ambos términos los dos puntos porque efectivamente guardan entre sí una relación indisoluble, que sin embargo no es ni la conjunción ni la disyunción.

La noción de nosotros necesita de una exterioridad para constituir sus bordes. Es precisamente exacerbando, eso otro, que el nosotros adquiere consistencia.  Autores como W. Bion, en su obra  “Experiencias con grupos”, describen como una de las dinámicas grupales más primarias la identificación de un enemigo exterior como uno de los mecanismos fundamentales para afianzar el sentimiento de pertenencia  grupal.

En el terreno de la política los ejemplos son innumerables. Al igual que en una escala menor, nada da mayor consistencia a un grupo que identificar un enemigo exterior. En la medida en que el mal puede situarse fuera, las disputas o diferencias internas remiten. El nacionalismo quizá sea el ejemplo paradigmático

Eso otro, que elijo escribir en cursiva, se corresponde con algo innombrable, desconocido, siniestro, que produce angustia. Y sin embargo, la angustia nos pone en la pista del deseo: efectivamente, eso otro, lo que no es familiar, puede ser también causa de un deseo. El término alemán “unheimlich”, es traducido al castellano como lo siniestro. No porque sí, si retiramos la preposición “un”, que tiene valor de negación, nos encontramos con que la palabra “heimlich” significa familiar.

No obstante, para que esa angustia no se transforme, como sucede habitualmente, en agresión, sino en un deseo que de algún modo una, necesitamos de ese otro elemento al que apelaba para relacionar nosotros con otros a través de los dos puntos: su valor de pausa. Esta pausa requiere del terreno de la palabra, que en su mismo despliegue instituye una temporalidad diferente a aquella que funciona en aquellos que están embargados por la angustia. Porque en la angustia máxima el tiempo no es sino el de la actuación inmediata, generalmente catastrófica.

Sucede con frecuencia que mediante esa palabra, esos otros suelen revelarse no tan diferentes a nosotros. Entonces, quizá esos términos, que en la definición del uso de los dos puntos se enunciaban como “cada uno en sí mismo acabado”, no lo estén tanto y puedan redefinirse gracias a ese encuentro siniestro. Esta sería una nueva gramática de los encuentros, en la que precisamente gracias a aquello que media entre los dos términos, pueda conmoverse ese supuesto sí mismo que los define.

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