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Mediación Paterna

Varía el escenario pero la historia se repite: una relación encontrada y enconada entre madre e hija. Múltiples puestas en escena con estos mismos personajes y diferentes manifestaciones en la relación. Madres autoritarias, permisivas, distantes, amorosas, controladoras, exigentes…, formando una lista de calificativos con los que se define rápidamente al personaje materno. Hijas demandantes, irritables, rebeldes, sumisas, autónomas, infantiles… la misma seriación de ropajes diseñados para vestir al personaje hija.

Producto de estas adjudicaciones son los comentarios tan comunes como: chocan porque son dos caracteres muy fuertes, es que la madre es muy agobiante, es que la hija va demasiado a su aire. Si la madre fuera un poco más paciente y comprensiva con las formas e ideales de los jóvenes, si la hija aceptara que los consejos y decires de los mayores son producto de su experiencia vivida, etc, etc., porque cada forma de manifestarse ya tiene adjudicada una razón de ser.

Estas expresiones que circulan son la forma de encontrar un sentido, una explicación a situaciones harto complicadas y dolorosas. No es éste el tema a tratar aquí pero podemos decir que siempre hay una causa más allá de las manifestaciones violentas y de la forma de acuñarlas en dichas relaciones.

Tanto la madre como la hija tienen su propia historia con la que responden desde el posicionamiento que ésta les otorga y ésto es lo que habría que revisar de manera singular. Si ubicamos de entrada el problema en la relación entre ambas con el propósito de mejorarla, se puede producir el efecto contrario, es decir de cerrar y reforzar ese vínculo. Tanto se ha escrito sobre este conflicto materno-filial que, con frecuencia, se precipita el diagnóstico. Interesa ampliar el foco en lo que puede haber alrededor de esta dupla madre-hija, por un lado restaría exclusividad a los términos amor-odio, y por otro se abriría la posibilidad de contar con otros personajes que forman ese grupo familiar.

La historia que nos ha llamado la atención versa sobre estos planteamientos. Se trata de una familia como tantas otras, unos padres y unos hijos ya jóvenes adultos. La relación madre-hija transcurre entre reproches y demandas mutuas. Existe un fuerte vínculo y un intento de acercamiento continuo que tiene muy poco recorrido antes de teñirse de violencia. El padre no interviene en estas peleas, ni toma posición por ninguna de las partes, lo que es causa de acusación por parte de la madre de no estar a su lado en la dura lucha con su hija. Sin embargo su singular presencia es clave para que esta relación no salte por los aires definitivamente. Aparentemente al margen de sus trifulcas, ocupado en su precaria situación laboral, lo que no desatiende es la buena relación que le une por un lado a su mujer y por otro a su hija. El interés como pareja y como padre, es lo que sostiene la relación triangular de estos personajes en la estructura familiar. Este deseo no puede no tener efectos entre los dos lugares de la triada, es decir madre e hija, cuando por ejemplo la hija le pregunta cómo no se separa de su madre ya que es una mujer insoportable, y recibe como respuesta “porque la amo”. O cuando el padre en conversación con la madre, intenta transmitirle la confianza que él tiene en su hija y por ende en la decisión que ha tomado de ir a estudiar a otro país (asunto que había provocado una situación de mutismo rencoroso entre ellas).

Así pues vemos a este padre interesado, ¿pero en qué?: en comprometer su deseo desde el lugar que ocupa como esposo y como padre, y sostenerlo cuando el vínculo madre-hija amenaza violencia o desfallecimiento.

Estas funciones a las que nos referimos como mediación paterna, son en esta historia ejercidas por el padre, pero esto no quiere decir que siempre y únicamente sea así. Es decir, que el padre puede estar y no darse esa mediación, o no estar y ser ejercida por otra figura. Insistimos, esas funciones no son exclusivas de la persona del padre, aunque eso sea lo más habitual. Lo deseable es que ese “lugar” funcione.

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