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Lo comunitario puede pensarse como una dimensión discursiva, con el mismo estatuto que las demás (por caso, la sexual y la familiar), en una posición de equivalencia aunque diferenciada. Por tanto, para su funcionamiento, para que nos atraviese, es necesario que esté puesta en discurso, es decir, que toque y sea tocada por el decir y el dicho, por la enunciación y lo enunciado, lo cual excluye, por cierto, la exigencia de que se ejecute de un modo determinado como, por ej., participar de alguna actividad cultural o deportiva.

Lo podemos pensar como una dimensión ligada íntimamente con el lazo social, el vínculo con los otros, cosa especialmente dificultosa para cualquier subjetividad, no sólo para las estructuraciones psicóticas. Es cierto que estas últimas nos muestran descarnadamente, sin velo, la necesidad y dificultad sincrónicas que esta dimensión comporta.

Que una persona con este modo de anudamiento subjeivo pueda incluirse en un equipo de fútbol es un ejemplo de participación en la dimensión comunitaria pero, también, que pueda abordar –en un espacio transferencial especial- los fenómenos alucinatorios y delirantes que presenta, en tanto los concibamos como intentos de restitución de lo expulsado por el horror frente al vínculo, es decir, la sexualidad, el contacto con compañeros y jefes en un trabajo, con amigos en el parque, etc., y que someten al sujeto a una exigencia simbólica desmedida para él o ella. Ayudar a reconstruir algo en este orden (y no invalidarlo como erróneo o inventado), también podemos pensarlo como una aproximación a lo comunitario, aunque entiendo que sobrepasa la idea corriente que se tiene al respecto.

Así, las transformaciones posibles en la subjetividad de cada quien deben participar, para no quedar cojas, de lo comunitario (recordemos que Lacan apuntaba que el inconciente es un concepto social) a pesar de que, en la práctica, algunas personas rehúyan del contacto con otras, más allá del círculo íntimo con el que conviven.

Lo comunitario, entonces, incluye la relación con el otro pero, principalmente, con la Ley como construcción simbólica que permite la instauración y mantenimiento del vínculo. Esto implica atrevernos a acercarnos al semejante sin el temor a la destrucción, propia o del otro, posibilitando así la suposición de que dos puedan ocupar un mismo lugar y al mismo tiempo. Por ejemplo, cuando un joven o una chica se encuentran en disposición de acceder al lugar de padre o madre, se hace necesaria la aceptación de que puede haber dos padres o dos madres al mismo tiempo, si bien entre sí no dejan de ser padre-hijo o madre-hija. Esto rompe la lógica especular destinada al fracaso irreversible, donde al imperar el ataque y la defensa, el dominio y la sumisión, sólo se puede augurar un destino de agresividad con pocas chances de simbolización (lo cual allana el camino de la agresión y otros acting-outs y pasajes al acto), soledad y desamparo.

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Como consecuencia, uno de los mayores peligros para el mantenimiento del fenómeno comunitario lo constituyen la envidia y los celos. Podríamos aceptar la inevitabilidad de su aparición, pero si lo que prima es un anhelo desmesurado por poseer lo que el otro tiene o el sentimiento certero de que un tercero está en el lugar de causa del deseo del objeto amado, el problema nos explota en la cara. La salvación, al menos en parte, lo constituye lo comunitario, lógicamente diferenciado de esto, en tanto reconocimiento mutuo entre semejantes que se atienen a una ley compartida. En los momentos en que la envidia y los celos imperan, estrictamente no habría comunidad, cosa que enseñan, de un modo salvaje, los continuos casos de violencia de género que no dejan de estremecernos. José Ingenieros afirmaba que en los celos se trataba de una cuestión de propiedad privada; el otro, su cuerpo, sus decisiones, le corresponden por entero, por lo que, si éste no cumple con lo que se espera de él, es legítimo castigarlo. Si una mujer no ama más al hombre con el que está o se atreve a mirar a otro, entonces su muerte o sufrimiento perpetuo (ahora está de moda castigarla raptando o matando a sus hijos) parece ser lo más lógico. Y con la envidia, tres cuartos de lo mismo. El éxito en el amor, trabajo, etc., de uno puede disparar lo peor de otro, hacerle actuar toda su miseria.

Por lo tanto, la idea fuerza de lo comunitario se resumiría en ser uno entre otros, conformando de este modo la estructura de un lazo social –o discursivo- comprometido (en un sentido ético y no moral), regulado por lo que Cioran nombra como gracia y que excluye la compasión, que no responsabiliza subjetivamente.

Por último, plantear una cuestión que quedará para investigar y es el tema de la amistad. Grandes pensadores, por ej. Arsitóteles, Epicuro o Cicerón, aun confrontando posiciones, le otorgaron una trascendencia absoluta a la hora de atender las cosas de los humanos (diferenciadas de las de los dioses). La pregunta que surge se refiere al estatuto de la amistad en la dimensión de lo comunitario, entendiendo amistad en un sentido amplio de reconocimiento mutuo, horizontalidad, amor desexualizado, etc. ¿Es inherente una a la otra?, ¿puede haber amistad sin comunidad y viceversa?, ¿de qué depende un posible anudamiento? Preguntas para continuar pensando.

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