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La sociedad actual, como cada sociedad inscrita en su época, impone a los sujetos determinados lugares y modos de habitarlos.

Gracias a los importantes logros y avances conseguidos por las luchas feministas el papel reservado para las mujeres va más allá de los papeles que se le asignaban dentro del ordenamiento de la estructura familiar tradicional (madre, hija, hermana, esposa o amante), logrando actualmente ampliar sus fronteras dentro de ámbitos antes vedados. Sin embargo, en aquellos espacios en lo que se han logrado tantos y tan importantes avances se ven nuevamente encorsetadas, sumando nuevos modos de ser en lo socio-laboral (guapa, inteligente, formada, emprendedora, exitosa económicamente, etc) y en lo personal (dueña de sus actos y de su cuerpo, independiente, divertida, desenfadada, etc), que como antiguamente siguen atravesados por fuera del parentesco por otras posiciones (la puta, la virgen, la loca, la solterona, etc) que se ven ampliadas en el terreno de lo sexual bajo el imperativo de tener que estar “liberadas”, “dispuestas sexualmente”.

Todos estos mandatos desoyen la singularidad y promueven en muchas ocasiones profundos malestares subjetivos que, bajo una pátina de pretendida liberación, vienen a denunciar la sumisión que todavía sufren bajo la “égida” desfalleciente del patriarca.

Aunque dicha “liberación sexual” no deja de suponer mayores cotas de libertad que en épocas precedentes, nuevamente parece responder a la necesidad clásica de ejercer el control y dominación sobre el cuerpo de las mujeres entendidos como objetos y no como sujetos, esta vez dentro del imperativo actual “goza” y su temporalidad efímera que parecería cancelarse con su satisfacción, como si dicha “liberación sexual” se redujese solo a poder hacer aquello que antes estaba reservado a los hombres.

Identificadas a este lugar, a la imagen imbuida desde este discurso, interiorizan en muchos casos estos mandatos sociales y acuden a consulta doliéndose y sufriendo por no responder a lo que se espera de ellas o con un malestar difuso proveniente de una fuerte sensación de vacío. Viéndose llevadas a: la confrontación constante con los otros/as o a la cesión ante estos; a la adaptación de su deseo al deseo ajeno; a la pregunta sin fin acerca de su femineidad; a la elección de parejas, sean del género que sean, profundamente dañinas en las que terminan devastadas; al recurso a la maternidad sacrificial sin ser portadoras de un deseo vero de alojar la diferencia que todo hijo/a supone; al reproche generacional siempre presente, aunque a veces aparezca latente, focalizado de forma más abrupta en sus madres; al padecimiento de síntomas corporales inhabilitantes; etc que terminan volviendo de forma culposa contra sí mismas.

Será a través del análisis donde se podrá poner en juego el modo de “amar” que está en lo más hondo de dicha problemática, pudiendo devenir este en un amor subversivo que trastorne la lógica imperante de la ganancia sin límite, perturbando su polaridad más allá del consumir o ser consumidos. Este facilitará que, desde el propio deseo y el atravesamiento del goce que lo ciega, se pueda partir hacia el encuentro con el semejante permitiéndose confrontarse con la insatisfacción que el mismo amor pone frente a cada cual. Dotándose de un lugar propio desde el que saber hacer con el otro sin escamotear lo que el otro tiene de incompleto y diferente.

Por último, aclarar que siendo este un dolor que tradicionalmente se enmarca en la problemática femenina, cada vez son más los hombres que lo encarnan.

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