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La cruz del deseo

Nos encontramos ante una sociedad anclada en el pasado, no sólo en las costumbres y normas sino también en la inmovilidad de sus ciudadanos, todo ello amparado y bendecido por la sagrada tradición, pero la disconformidad y el anhelo de una persona consigue cuestionar estos principios y como dice la directora “El personaje de Petrunya se convierte en una fuerza del cambio”.

La película “God Exists, Her Name Is Petrunya” traducida como “Dios es mujer y se llama Petrunya”, relata un hecho excepcional ocurrido en un pequeño pueblo de Macedonia. Cada año se repite la misma ceremonia durante la cual el sacerdote de la localidad arroja al rio una cruz de madera y sólo los hombres se pueden lanzar en su búsqueda, aquel que la consiga tendrá un año de buena ventura. Esta vez una mujer que contempla la escena, movida por un impulso, se lanza al agua y consigue la cruz, lo que provoca una escalada de enfrentamientos, insultos y amenazas hacia ella por parte de los hombres y también de la mayoría de vecinos. Todo el peso de la tradición le cae encima, amparada, aunque no sancionada por la ley, pero ésta no parece contar mucho aquí. El punto de discordia y escándalo es el hecho de haber usurpado una mujer un derecho atribuido sólo a los hombres. La autoridad religiosa no puede permitir que se rompa la tradición, y la autoridad civil tiene que garantizar el orden. La mujer no cede, la cruz es suya, la ley no dice lo contrario.

Petrunya es una joven, aunque en esa sociedad ya no lo es tanto, que no encuentra trabajo a pesar de su buena formación. Vive en la casa familiar con una actitud, como es de esperar, dócil y resignada pero a la vez de total insatisfacción con su vida.  Nunca ha tenido pareja sentimental y una casi inexistente vida social que se transmite en su soledad y tristeza. Si bien se siente apoyada por el padre, también vive sometida a la madre que siempre la ha desvalorizado y manipulado, no pudiendo escapar a sus acusaciones y humillaciones para que devuelva esa cruz y todo siga igual.

Para la directora de esta historia filmada, Teona Strugar Mitevska, “la situación de esta mujer es la que le permite buscar la verdad y gracias a esta necesidad de justicia, encuentra fuerza para transformarse”. Así que se trata de ir más allá del hecho de conceder a las mujeres los mismos privilegios que a los hombres, que también,o de entrar en la modernidad. Tradición y modernidad podrían convivir, si no se utilizara la primera para preservar no unos valores sino unos intereses. Cuestionando ese entorno familiar, social y cultural, Petrunya busca su verdad, no sabe el qué, quizá tener un año de felicidad, dirá que fue un impulso lo que la hizo lanzarse al agua. Es ella la primera sorprendida, incluso angustiada por los efectos de ese impulso, pero aguanta, aguanta sobretodo su propia duda y temor. No se enfrenta al adversario porque no busca directamente una transformación social sino vital, la de su propia existencia.

Cada persona, como sujeto, nace sujetado al deseo de los otros y esto que supone la humanización, conlleva también la inclusión en una cultura, en unas formas de pensar y actuar. Pero es ley de vida, o mejor dicho, ley del deseo, el surgimiento de cuestionamientos y divergencias con esos modelos. Siempre hay consecuencias, tanto si se abrazan ciegamente las tradiciones recibidas, como si se traspasan. En esta historia la madre y la hija ocupan lugares opuestos, de conformidad la madre, de inadaptación la hija.

El deseo de reconocimiento que sufrimos los sujetos humanos tiene las patas cortas, es decir que nos atrapa en una búsqueda continua de espejos que nos devuelvan una mirada de admiración o al menos una mirada amable. Pero a veces los acontecimientos nos fuerzan a mirar fuera de ese carrusel enfrentándonos a ciertos cuestionamientos, si los acogemos quizá podremos descubrir un deseo propio.

La madre encarna el deseo de ser reconocida por la sociedad, reconocimiento que le llega acatando los códigos de la tradición. No concibe otra forma de vida y esta es la que quiere para su hija, no pudiendo aceptar su deriva. Pero esta fidelidad a las tradiciones oculta algo más vital. Si por un momento aceptara la elección de su hija, toda su vida dejaría de tener sentido, y se tambalearía su pertenencia a la sociedad que la sostenía.

La hija en cambio encarna la insatisfacción que está en el origen del impulso a lanzarse fuera de lo permitido. Ya no retrocede porque lo que está viviendo no es una lucha con el entorno hostil sino con sus propios obstáculos internos. Su postura no es reivindicativa de unos derechos ni sociales ni familiares. Es algo íntimo que sabe que tiene que sostener, su propio deseo, y que al fin es reconocido. Un joven policía tiene una apreciación diferente de los demás, y así se lo transmite, “eres una mujer muy valiente”.

Finalmente se la deja en libertad y al menos de momento le es permitido llevar consigo la cruz. Pero el momento verdadero es la forma como concluye esta historia. Petrunya al irse se cruza con el sacerdote que aún permanecía en el recinto, intercambian un saludo de despedida y en ese instante saca de su mochila la cruz y se la entrega. La cruz como objeto de deseo ya no tiene valor para ella, si es que alguna vez lo tuvo. Ahora su deseo es lo que la sostiene, y ya no necesita la cruz que deposita en manos de la tradición.

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