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Reflexiones a partir de un mensaje recibido:

“¿Que añade el amor al deseo?. Algo inestimable: la amistad”.
(Albert Camus. Carnets III)

En agradecimiento a Mónica Vorchheimer.

 

Durante los momentos previos y tras el desborde de las pasiones, de la pérdida de la razón y el júbilo del deseo que comparten en mayor o menor medida todas las relaciones amorosas que comienzan, pronto nos vemos enmarañados en la pregunta acerca de la estructura, del sustantivo que define su fundamento (pareja y/o relación), y de los diferentes adjetivos que terminan de dar cuenta de los rasgos que distinguen su esencia (monógama, poliamorosa, entre dos o más personas, con orientación heterosexual, homosexual, bisexual, etc). En todos los casos, lxs parteners buscan diferentes maneras de hacer frente a su desamparo radical mediante el establecimiento de vínculos con otros, intentando saber hacer con las naderías en las que nos enfangamos en el amor.

Nos vemos llevados a plantearnos qué tipo de unión queremos y ponemos toda nuestra energía en intentar mantener la alegría de esos primeros momentos. A esa alegría por la »unión» le sumamos la  idea sobre la misma, las representaciones individuales de pareja que van tomando cuerpo como un tercero ilusorio pero necesario por el que trascender lo binario. Es aquí donde ese tercero, la pareja como becerro de oro, comienza a fortificarse, a desplegar sus dispositivos seguritarios y toma cierto cariz mítico, cierta idealización que parecería desresponsabilizarnos y encadenarnos en representación del amor como si de un nuevo dios se tratase; haciéndola responsable, dueña y señora de nuestras penas, nuestras alegrías e incluso de nuestra existencia como sujetos diferentes.

¡Pero quién osaría atreverse a cuestionar a un dios!, ¡qué poco romanticismo dejar de adorar a su becerro de oro! De cuestionar, mejor cuestionar a nuestra pareja, ¡dónde va a parar! Mejor reprochar al otrx su no dedicación, recriminarle su egoísmo, su poca ambición, la envidia que nos tiene por lo que hacemos y de lo que no es capaz, atribuirle la totalidad de los males mundanos con tal de poder colocarnos en la posición de máximos sacerdotes/isas de nuestro becerro~dios y dejar de beber ese brebaje ponzoñoso con el que no paramos de llenarnos las copas y que en esencia nos habla de la pérdida de ese paraíso mítico de todo origen, de todo pasado.

Todo antes que poder llegar a cuestionarnos a nosotros mismos, que reconocer en eso que el otrx nos devuelve el más fiel reflejo de nuestras propias ansias y prácticas de poder. Todo antes que escuchar al otrx como otro diferente en busca de un mismo fin, de reconocerle como parte de una articulación en la que las partes cooperan como causas para un bien común sin que ninguna parte pueda, ni tan siquiera la pareja, pretender constituir un todo.  Nos dejamos caer por la pendiente que va del amor al odio, por la pendiente que hace de ello algo muerto, y damos a ver al gran público la tragedia que nos determina creyendo así purificarles y purificarnos.

¡Cómo arriesgarse a amar sin buscar ser amadx, sin temer perder el amor…!.

Podríamos decir que la posibilidad de estar em”par”ejados pasaría por la voluntad de dejar(se) atravesar la “suma de dos yoes”, mediante un alocado y racional juego de articulaciones de cuerpos e identidades, por la construcción constante de una “nada” que toma consistencia a través de la potencia generativa de un alegre e ilusorio porvenir.

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