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El tiempo, en tanto variable de la física, es un concepto que especialmente desde comienzos del siglo veinte ha ido complejizándose con nuevos desarrollos teóricos, que conmueven la experiencia cotidiana al respecto. En contra de lo que pudiera parecer, no es un elemento tan tangible como suponíamos. Con fines de uso social lo cuantificamos en base a unidades de medida acordadas: horas, minutos, segundos. Sin embargo, dichas investigaciones convierten estas convenciones en apenas modos de hablar.

En tanto vivencia subjetiva el tiempo se organiza en una continuidad lineal: pasado, presente y futuro. En estas coordenadas se inscribe nuestra historia. Es frecuente que algo que pasó, sin embargo, no deja por ello de tener sus efectos en lo presente: un suceso terrible que no puede dejar de recordarse, una oportunidad que se vio frustrada y respecto a la cual no cesan de aparecer reproches, una pérdida que no cesa de estar presente, errores del pasado que no hacen sino reeditarse en nuevas ocasiones. Sin duda lo pasado es parte activa del presente y potencia de lo futuro.

Todo aquello que se vivió, ha contribuido decisivamente a formar a la persona que somos hoy. Sin embargo, no está tan claro qué es eso que pasó. Los mismos hechos pueden ser recordados, significados, de muchas maneras. En contra de lo que pudiera concluirse de la experiencia cotidiana, la memoria no es inocente. Lo recordado no es una reproducción fiel, objetiva, cual grabación cinematográfica de los hechos, sino que a su vez depende de la subjetividad de aquel que lo recuerda. Así, en la memoria no faltan lagunas, injertos o adornos. Por tanto, podemos decir que la historia determina la estructura subjetiva, pero ésta a su vez determina la historia.

Con frecuencia, precisamente aquellas cuestiones que quedaron en el olvido, determinan sin que tengamos conocimiento de ello, el presente. En las primeras elaboraciones teóricas de Freud, aquello que había sido desalojado de la conciencia, olvidado, reprimido, era parte esencial para comprender la formación de los síntomas que hacían sufrir a una persona en el presente. Entendía que producir el recuerdo de escenas traumáticas del pasado, conseguía que esas manifestaciones sintomáticas remitiesen. Posteriormente complejiza sus ideas respecto a qué es el pasado, situando en primer plano el relato de aquello que fue o no, en tanto pone en juego la posición subjetiva de aquel que lo reconstruye. En esta línea recojo las siguiente citas de Lacan: “El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado”, “Lo que enseñamos al sujeto a reconocer como su inconsciente es su historia: es decir que lo ayudamos a perfeccionar la historización actual de los hechos que determinaron su existencia”.

Este proceso no se hace sino en diálogo con otro, en transferencia. La historia por tanto se rehace hablándole a otro, haciéndose cargo de las lagunas, los injertos o los adornos. Es así, que aquello del pasado, que parecía inmutable, y cuyos efectos perniciosos parecían incontestables, puede llegar a ser otra cosa. Es así posible la construcción de otra historia y otro sujeto, porque el pasado es una forma de hablar.

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