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Podemos pensar el enigma de la vida como la intrincación con la muerte, ambas no pueden pensarse por separado, la vida no tendría sentido sin la existencia de la muerte. El cuadro de los fenómenos vitales, dice Freud, no son sino rodeos hacia la muerte: “el instinto de conservación, que reconocemos en todo ser viviente, se haya en curiosa contradicción con la hipótesis de que la total vida instintiva sirve para llevar al ser viviente hacia la muerte. La importancia teórica de los instintos de conservación y poder se hace más pequeña vista a esta luz: son instintos parciales, destinados a asegurar al organismo su peculiar camino hacia la muerte y a mantener alejadas todas las posibilidades no inmanentes del retorno a lo anorgánico. Pero la misteriosa e inexplicable tendencia del organismo a afirmarse en contra del mundo entero desaparece, y solo queda el hecho de que el organismo no quiere morir sino a su manera”.

 

Si transcendemos lo orgánico nos encontramos con el sujeto habitado por un deseo. Este continuo diálogo con la muerte le puede llevar a una muerte en vida, si desiste, o a una vida después de la muerte de todo aquello que inmoviliza. Media una elección a su manera.

Nos encontramos en nuestros quehaceres, no hay lineas trazadas, somos capturados por el anhelo de realizar nuestra Ítaca, no sólo como destino, sino como historia de vida. No es que el sujeto tiene un deseo que le mueve para satisfacerlo, sino que el deseo tiene al sujeto y lo causa, movilizándolo o no. Una y otra vez nos encontramos repitiendo la misma cosa, repetición que no cesa.

En la falta constituyente del sujeto, leída desde la búsqueda de la felicidad, la demanda de amor o la realización del deseo, se sustenta la necesidad de repetir. El aparato psíquico tiende a la homeostasis que se rompe cuando algo no es posible asimilar y se aparta, se oculta, acudiendo el síntoma en su ayuda para restablecer el equilibrio. Repetimos a través de los síntomas, de los recuerdos, de los proyectos y de los sueños. Estamos sentenciados a repetir, a buscar la suplencia amorosa. Repetimos porque no soportamos la no completud, que algo falte, repetimos para poder gozar a nuestra manera, repetimos para vivir y vamos innovando en esa repetición.

 

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

La repetición se produce para intentar atrapar ese algo perdido y a la vez para poder defendernos de ello. Por eso no nos podemos engañar cuando decimos que estamos cansados de repetir y de sufrir y queremos dejar de hacerlo, ya que la repetición comporta una parte de goce, difícil de ceder, y otra de deseo. Versionando al poeta, decir que hallaremos lestrigones, cíclopes y demás seres amenazantes en nuestros rodeos. Desde luego no se trata de cambiar la ruta, de modificar las conductas. Según Lacan repetimos porque hablamos, podemos decir que tenemos que hablar para dejar de repetir lo mórbido, eso que actúa en silencio. En esta tarea recordar no es suficiente, hay que cuestionarlo y reescribirlo.

 

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.    

(“Ítaca”, Constantino Cavafis)

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