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El ahora. Parte I.

Algo está cristalizando.

Es evidente que la epidemia del Covid-19 y las reacciones generadas han perturbado significativamente la cotidianeidad a escala planetaria en muchos ámbitos, tanto a nivel individual como colectivo. Pero se trata de un proceso en curso, inmerso en la indefinición del presente continuo. Diferentes elementos se agitan, algo se compone, algunas piezas parecen imposibles de encajar, pero aún parece estar lejos de haber precipitado en la solidez con la que se enuncia lo pretérito.

  1. Agamben, en un texto de 2006 titulado “¿Qué es lo contemporáneo?”, define la contemporaneidad como “una relación singular con el propio tiempo, que se adhiere a éste y, a la vez, toma una distancia; más exactamente, es esa relación con el tiempo que se adhiere a éste a través de un desfase y un anacronismo. Quienes coinciden de una manera demasiado plena con la época, quienes concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos ya que, por esta precisa razón, no consiguen verla, no pueden mantener su mirada fija en ella”.Pero, continúa preguntándose, ¿qué ve quien ve su tiempo? A lo que responde: es aquel que ve, no las luces de su tiempo, sino su oscuridad, “contemporáneo es, justamente aquel que sabe ver esa oscuridad, aquel que está en condiciones de escribir humedeciendo la pluma en la tiniebla del presente”. Para pensar qué es la oscuridad toma la perspectiva de los neurofisiólogos, quienes dicen que la ausencia de luz desinhibe una serie de células de la retina llamadas off-cells, que entran en actividad y producen esa particular especie de visión que llamamos oscuridad. Es decir, la oscuridad no es simplemente ausencia de luz. La oscuridad es un producto, no la nada.
  2. Foucault fue un contemporáneo, precisamente porque supo captar su presente desde el extrañamiento absoluto, que introducía mediante la particularidad de su análisis histórico.Así, reinterpreta el presente a la luz del análisis arqueológico de saberes y prácticas. Es mediante ese desfase, ese anacronismo, que produce conceptos como el de sociedad disciplinaria, indispensable para pensar aquel que fue su ahora.

Parece evidente que una pandemia es en primer lugar una crisis sanitaria. Miles de personas han muerto. La vida de muchas personas sigue estando en juego y, o se toman medidas para evitarlo, o morirán más. Este es uno de los discursos, uno de los dichos del ahora. Sin embargo, es precisamente en lo evidente, en aquello que ninguno cuestionaría por parecer obvio, que Foucault nos enseña que el poder actúa con mayor intensidad. El verdadero ejercicio de saber y poder es silencioso, se desarrolla sin violencia ni disturbio.

Esta reflexión no pretende cuestionar la pertinencia o la idoneidad de las medidas planteadas a nivel gubernamental para contener la propagación del virus, ni las decisiones adoptadas en el plano económico, otro de los dichos del ahora.Nuestro interés se centra en el impacto en la subjetividad y en el lazo social que está generando esta sucesión de acontecimientos.

Captar la oscuridad de nuestro tiempo, es darse cuenta de que no vemos la nada que sería la ausencia de luz, sino que se forma una imagen generada por la actividad de la retina.

El ahora es un párrafo que aún no ha terminado, algo que se está enunciando pero aún no ha llegado el momento del punto y aparte. Desde las producciones teóricas de Lacan, sabemos que la enunciación tiene la capacidad de producir un sujeto renovado y una diversidad en el lazo social.

Es por ello que consideramos interesante tomar, a modo de ejemplo,dos significantes que se han puesto en juego a lo largo de estas semanas: nueva normalidad y distancia social.

“Nueva normalidad” se presenta como el conjunto de prácticas y modos de interacción social prescrito gubernamentalmente al término de las medidas de desconfinamiento gradual. Para decidir estas medidas ha sido fundamental el discurso biomédico. Es decir, no es sino un nuevo capítulo de aquello que fue definido por Foucault como biopolítica, una determinada gestión de la sociedad que tiene como punto de mira la vida y administrar los cuerpos.El discurso médico es convocado como autoridad para una gestión que incluye medidas concretas, eso que surga a partir de éstas se las decide llamar nueva normalidad.

Parece una conjunción de términos incompatibles entre sí. Más adelante podemos pensar si hay y cómo algo del orden de la novedad. Centrémonos ahora en lo de que sea normal. Los actos más cotidianos requieren ahora una serie de medidas profilácticas que hacen de ellos poco menos que un parque temático con la apariencia de la neurosis obsesiva. Desde luego, si tomamos el término normal en su acepción de aquello que se deriva de las normas, por supuesto lo es. Pero si nos atenemos a su acepción de habitual u ordinario, no lo es. Se pretende que lo llegue a ser con la particularidad de que se dé con inmediatez. Eso queda muy lejos de los hábitos adquiridos por el devenir cultural.

Mucho menos se correspondería con una tercera acepción, la de aquello que se halla en su estado natural.Pero nada es natural, todo es producto de un discurso.

Sin embargo, lo más relevante, es la contradicción, tan significativa, es decir tan elocuente en su capacidad para producir significación, de la unión de ambos términos. Es como si diciendo normal, se introdujese algo de tranquilidad, sin embargo, anteponiendo a este elemento, nueva, se introduce una alteración. No es la normalidad normal, sino la nueva normalidad, es decir, esa normalidad será otra. Pero aceptémosla como natural. En definitiva, un eufemismo para decir diferente.

El segundo de los significantes que tomábamos para nuestro análisis es distancia social. Como parte de las medidas para la contención de la propagación del virus, se implementaron medidas de confinamiento. Puesto que un mínimo de contacto entre los cuerpos, es a día de hoy imprescindible, se impuso para aquellas interacciones inevitables una distancia física de al menos dos metros. Sin embargo, no es lo mismo la distancia social que la distancia física. No son tanto las personas las que están en cuarentena, sino los cuerpos. Y esto no es nuevo. Por otro lado, la diferencia entre distancia física y social se nos aparece como tan evidente que es llamativo que el “error” se haya colado.

La nueva normalidad implica un tratamiento particular del cuerpo, que se concreta en una amplia gama de prácticas y de ámbitos. Sin embargo, estas prácticas no son sin historia. Consideramos que sólo son posibles en un determinado discurso, que viene haciendo un particular tratamiento del cuerpo, En nuestra opinión se trata de una suerte de digitalización de lo viviente. Lo más crudo, lo más animal, si se prefiere, de los cuerpos, es en nuestros días sometido de un modo especialmente intenso al velamiento por medio de la imagen, y desde la aparición de los recursos propios de la era digital, de los recursos de edición y manipulación que permite. Si antaño los cuerpos eran velados mediante perfumes o vestimentas, ya se venían sumando a éstos en las últimas décadas todo un arsenal de cosmética digital. Pareciera que nos viniéramos defendiendo, mucho antes de ésta pandemia, de una suerte de espanto o toxicidad que emana de los cuerpos.

Así, en este contexto discurso de digitalización de lo viviente, el aislamiento de los cuerpos, su conversión a un formato informático, no parece extrañar a nadie. La situación presiona a una introducción más agresiva del formato digital.

En base a lo señalado anteriormente se vislumbra que lo nuevo no es tan nuevo. Más adelante quizás  desarrollemos esta idea.

Este breve análisis de los términos no hace sino poner en evidencia que respecto a este acontecimiento aquello que se diga determinara la forma en que cristalice. Por tanto decir es una práctica política y lo que digamos en el ahora se entretejerá hasta el momento en que abroche  una enunciación. Determinará en que consistirá. Es una práctica ética y el ejercicio de un poder. Arriesgar un dicho, sin pretenderlo como exacto, porque hay oscuridad, es lo que permite que aparezca nuestro decir. Que de esos dichos que emitimos pueda extraerse algo inédito, algo de nuestra verdad subjetiva individual,y la posibilidad de que lo que se construya nos represente.

 

 

 

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