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“Olvida PokémonGo. 

Si necesitas perseguir pequeñas criaturas salvajes día y noche. 

Intenta la crianza”

(Visto en la red)

 

Podríamos discutir largo y tendido sobre si la cuestión de los “nuevos juegos” de masas gira en torno a la necesidad de fomentarlos o prohibirlos por las posibles virtudes o perjuicios que pudieran ocasionar en el desarrollo de los más pequeños o de los adolescentes, pero la cuestión así planteada gira siempre sobre el eje de una moralina bien intencionada en cualquiera de sus vertientes. La cuestión que merece la pena reflexionar es sobre el uso que hacemos de estos, dado que, nos gusten o no, son nuevas “realidades” por las que quedan atravesados en mayor o menor grado.

Ya sea que dejemos a los niños durante horas frente al televisor por nuestra falta de tiempo, ya sea que tranquilicemos nuestra culpa bajándonos la aplicación y cazando para ellos esas pequeñas bestias calle arriba o abajo, ¿no estaremos igualmente desembarazándonos de nuestro papel en la crianza?, ¿no estaremos inoculándoselos como nuevas “drogas” que nos sirven, no para tranquilizarles a ellos, sino para tranquilizarnos nosotros?, ¿no estaremos desresponsabilizarnos de lo limitante y arduo del encuentro con los hijos, de afrontar la importancia de estar-estando ahí, incluso ahí?.

Solo hay que ver a los niños andar como zombis tras la pantalla del móvil de un padre o pidiendo a gritos su ración de sobres de cartas para adentrarse absortos en una competición como si no hubiera un mañana en casi cualquier calle, parque o casa y reflexionar sobre la posición que los padres toman al respecto.

Con cierta ironía vemos entonces aparecer ante nosotros una horda de padres-entrenadores Pokemon seguidos de sus vástagos, criados sin la posibilidad de hacer otra cosa que no sea evolucionar para combatir. Padres-entrenadores que basan su ejercicio en el dominio y el poder (“llegaré a ser el mejor, el mejor que habrá jamás… llegaré a cualquier lugar, llegaré a cualquier rincón… Pokémon!!, hazte con todos…”) sobre unas criaturas (los hijos) que viven en un mundo salvaje o junto a los seres humanos y que en la mayoría de los casos solo hablan para decir sus nombres (“Pikachu, Pikachu, pika, pika, Pikachuuuu”) a modo de pequeños proletarios alienados en representación del patrón. Pudiera parecer que se mantiene así la ilusión de estar y compartir con los hijos, cuando quizá no se está haciendo otra cosa que no sea evitar a toda costa la culpa por tener deseos por fuera de estos, de confrontarse ante el no saber, no poder, ante las propias limitaciones mediante un ejercicio de la paternidad omnipotente que responde a las mil maravillas al imperativo actual del “buen padre” proveedor de felicidad, dador del “sí”, de una falsa plenitud sin pérdida alguna.

Adentrándonos un poco más en la historia del “juego” nos asaltará pronto la pregunta acerca de quién es Pikachu. Pues bien, Pikachu no es más que el “entre” Pichú, Raichu y Mega Raichu, es decir, un “entre” yo, yo mismo y mi propio proceso de maduración sin ninguna relación con otro que no sea Ash, su entrenador. Pues aunque para pasar de Pichu a Pikachu lo hace a través del incremento de su “amistad” con Ash, esta fácilmente se puede entender como sumisión al mismo, a los deseos de este de competir y ganar acelerando sus competencias combate tras combate. Aceleración de competencias y combates en los que Ash perpetua, sin saberlo, las relaciones de dominación que le “aseguran” cierta estabilidad a su propia masculinidad.

En este juego todo está dado ya, no hay lugar para la creación a través de lo que se hace por fuera de lo que aparece sorpresivamente al girar la esquina, solo está la opción de cazar otro Pokémon con el que luego volver a combatir, es pura mecánica. No hay lugar para la repetición que introduzca a su vez algo diferente, no hay más que una pseudonarración enlatada sin posibilidad de invención alguna.

Por no haber, no hay ni la posibilidad de rivalizar con Ash siendo Pikachu, no hay lugar para el disenso, para el necesario oposicionismo, para aprender a lidiar con el “no” que hay en todo encuentro real con otro. El pequeño hijo-Pikachu queda atrapado así en la pokébola del papá-entrenador Ash, en esa “burbuja” totalizante de mandatos que no le permite salir de esa identificación que hace con él, ni  siquiera darle nuevas formas que no respondan a sus mandatos, no hay la aparición de un tercero que habilite ese necesario “entre” el otro y yo que constituye todo juego.

Otra cosa que sorprende es saber que en la historia del propio Ash no se conoce padre alguno, a lo largo de la serie se ha esperado fervientemente que se reencontrase con su papá, pero lamentablemente no hay respuesta, no hay otra cosa que no sea Ash y su mismidad, nada que le sirva como referente. No aparece la figura de un padre que aloja  al hijo como otro diferente, que le reconoce y le nombra como tal introduciéndole en un linaje, que sabiéndose imperfecto introduce al hijo en una cultura y sus normas para que este pueda hacer algo diferente con eso que hereda. Su padre no existe, a lo sumo se fantasea con que vive en un mundo paralelo intentando cazar sus propios pokémons. Curiosa coincidencia con la desorientación de los padres actuales a la hora de vérselas con la crianza, que al intentar mirarse en sus propios padres no pueden dejar de ver también el derrumbe o la corrupción de los símbolos que representaban fruto de los cambios propios de la época en la que vivimos.

En definitiva, lo que parece no estar muy presente en la interacción que este juego pudiera habilitar con los hijos es la posibilidad de que estos se aburran, la posibilidad de introducir la espera, la frustración, la confrontación con la diferencia (también la generacional), el acompañarles en sus descubrimientos, el conversar con ellos sobre estos recuperando la temporalidad que todo relato encierra por fuera de la inmediatez de lo visual, el poder asumir y ejercer la disparidad de posición que se tiene como padres sirviéndoles como posibles modelos relacionales en el encuentro con los otros.

Sin embargo, teniendo en cuenta todas estas cosas, arriesguémonos a jugar con ellos preguntándonos cuál es la finalidad del juego, desde qué posición jugamos como padres y qué implica esto.

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