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Efectos de las redes sociales y la inclusión en la vida cotidiana

Extracto de la conferencia realizada en Acontecimientos Transversales organizado por CEPYP-UNO, el 24 de abril de 2019.

 

Voy a empezar retomando una idea de la conversación anterior (ver en este blog la publicación del 2 de febrero: https://psicologoskairosmadrid.com/redes-sociales-las-pantallas-los-cuerpos/ ). Es un contraste que me pareció que permitía situar una diferencia útil para analizar los efectos de estas nuevas “redes sociales” en la vida cotidiana: la diferencia entre la pantalla y la presencia del cuerpo.

Es un primer acercamiento que nos permite situar algo que sí se pone en juego en estas nuevas redes de comunicación. Es una diferencia palpable -nunca mejor dicho- que la comunicación que se produce por medio de una pantalla no tiene el cuerpo al alcance de la mano. Volviendo a un ejemplo que proponía la vez pasada, hay una gradación que resulta muy ilustrativa del fenómeno: si tenemos que hablar con alguien que no nos gusta mucho -pero que no nos queda más remedio-, la angustia que nos produce se gradúa pasando de la levedad de un Whatsapp, a la ya no tan leve de una llamada telefónica (o un Skype) y, finalmente, la de la entrevista de cuerpo presente. Es decir, cuanto más se expone el cuerpo (y, en el caso del teléfono, el cuerpo está presente en la voz), más angustioso se vuelve el encuentro.

Así las cosas, alguien podría pensar que estamos diciendo que siempre la presencia del cuerpo es mejor, pero no, siempre no. Hoy vamos a intentar matizar esto y complejizarlo un poco.

Por empezar, estamos vinculando la presencia del cuerpo a la angustia. Porque, ¿qué quiere decir presencia del cuerpo? ¿Basta la presencia física de un cuerpo para que ese cuerpo esté presente?, bien sabemos que no. Alguien puede creer que ve cuerpos de otros por la calle, pero no son cuerpos, son imágenes. Si se acercara a uno de esos cuerpos y le hablara, entonces ahí, ese cuerpo cobraría presencia. Hasta entonces era algo que solo se veía, una imagen. Entonces, ¿qué quiere decir presencia del cuerpo?

Diría que el cuerpo está presente en la medida en que se ve afectado, a su vez, por la presencia del otro o de los otros con los que está. Es decir, si lo que sucede le afecta en alguna medida. Siguiendo a Freud, diríamos que se trata de una presencia pulsional; lo cual vendría a querer decir que una cosa es que lo que sucede no nos haga ni fu ni fa, y otra que nos haga fu o nos haga fa o nos haga fu y fa –que suele ser lo más frecuente.

Podríamos decir, por otra parte, que no hubo que esperar a las nuevas tecnologías para que existieran pantallas. Se me viene a la memoria una foto en blanco y negro en la que hay un matrimonio sentado a la mesa, él lee uno de esos periódicos antiguos, enormes, y está casi totalmente tapado por el papel. Enfrente, la mujer mira al infinito o, a su vez, lee una revista. Si la pantalla sirve para disimular un silencio pesado, para eso no hizo falta la informática.

En este mismo sentido, es una experiencia común que un texto escrito sobre una superficie (como hemos visto la vez anterior la pantalla es una superficie) bien puede interesarnos el cuerpo: hacernos reír o llorar o emocionarnos de muchas maneras. Los que escribíamos y recibíamos cartas postales lo experimentamos antes de que existiera Internet y los que se comunican por Whatsapp o e-mail, también lo saben.

Dicho esto, no nos retractamos de que la pantalla tiene la propiedad de esconder, proteger, separar…, y que eso puede ser usado para los peores fines: (las barbaridades que se dicen en muchos chats, engaños y estafas de todo tipo, acoso sexual a menores, etc…). Pero también una pantalla es algo que se pone delante de un foco luminoso para que la luz no moleste a los ojos e impida ver (Definición 1. del diccionario R.A.E.). Es, precisamente, El Caso del Matrimonio que peleaba en presencia y hablaba por Whatsapp.

La anécdota es muy breve: Ocurría que, cuando estaban en presencia y, por cualquier cosa, empezaban a hablar, la Cosa subía tanto de presión que alguno explotaba y se marchaba dando un portazo o soltando un improperio. Alguna vez, incluso, llegaron a las manos; quizás para no volver a pasar por eso, alguien se marchaba, la discusión quedaba interrumpida y cada uno por su lado a rumiar pensamientos. Pero, una vez, alguien decidió escribir un mensaje después de una de esas escenas y así descubrieron que por Whatsapp podían hablar mejor. Sin interrumpirse, por ejemplo, y con la calma de poder explayarse y matizar lo que decían. Pero, sobre todo, por alguna enigmática razón, con la mediación de la pantalla, la Cosa no alcanzaba tanta presión.

¿Qué nos muestra este fenómeno? ¿Qué les pasaba cuando estaban en presencia el uno de la otra? Es evidente que había un foco de excitación muy fuerte. La angustia, cuando se suscitaban las cuestiones delicadas de la relación, se disparaba hasta hacerse intolerable: o alguno se marchaba o llegaban a las manos. El enigma en que se convertía la Cosa esa que tenían delante impulsaba al acto; en la medida en que esa presencia se hacía insoportable, no había manera de sostener el enigma. La impaciencia se tragaba a la curiosidad.

Sin embargo, la mediación de la pantalla sedaba la situación y hacía posible un diálogo, hasta reaparecía cierta ternura y, alguna vez, el sentido del humor. Naturalmente que un matrimonio no se puede sostener por Whatsapp, pero las conversaciones por pantalla tenían efecto en la presencia posterior. No que no se volvieran a dar situaciones de pelea, pero la que había suscitado esa pelea y esa conversación virtual posterior, sí que quedaba apaciguada: el encuentro posterior a los mensajes era pacífico.

De modo que podemos tener aquí un ejemplo de algo que va de la presencia a la pantalla y viceversa. Si nos acercamos ahora al caso de jóvenes y adolescentes con las “redes sociales”, creo que podemos observar fenómenos equivalentes.

Hay una iluminación que le debo a estos Acontecimiento Transversales que es la siguiente: “La primera red social es la familia, luego vienen otras (el Cole, los amigos,…)”. Y así es, la familia es esa red social donde un bebé se hominiza, es decir: el organismo recién nacido es capturado por una red de significantes vivientes que lo cuidan, lo aman, le hablan y lo incluyen en un contexto simbólico. Sometido a ese orden simbólico recibido, si todo va bien, el niño encontrará la manera de hacer pasar su propio mensaje al Otro, podrá hacer reconocer por Otro su deseo (o algo así).

Por eso creo que las nuevas “redes sociales” se llaman igual que algo que ha existido siempre: las redes sociales. Los niños, una vez acogidos por su familia, eran capaces de incluirse en otras redes sociales; diferentes de la familia, pero equivalentes en cuanto redes simbólicas. Así hasta incluirse en la red social del amor y del trabajo, alcanzando de esta forma una siempre relativa autonomía. Este es el guion donde, luego, puede pasar de todo.

Pero observemos las circunstancias de los niños y adolescentes actuales. Son muchas las dificultades que tienen para “salir afuera” (ya sé que no se dice, pero quiere decir salir fuera de la casa): en la calle o en algún sitio (los parques de las urbanizaciones, cuando tal cosa existe). No es tan fácil -como cuando yo era niño, por ejemplo- jugar en la calle. Los jóvenes se juntan en los parques, el botellón no deja de ser un momento de encuentro, aunque las autoridades no lo vean con buenos ojos. En fin, dadas las difíciles circunstancias de los espacios públicos, las “redes sociales” permiten un espacio (virtual) para tejer redes sociales.

Como siempre, conviene recordar-me conviene a mí- que los niños son pequeños, pero no tontos. La gran mayoría no se confunde demasiado con lo que aparece en la pantalla. Se escriben e intercambian fotos, etcétera, pero en algún momento se van a encontrar con sus amigos en presencia y, por eso, saben que detrás de la pantalla hay alguien a quien conocen y hasta pueden leer entre líneas.

La suposición de que hay “alguien” (un sujeto) detrás de la pantalla es un elemento interesante para este debate, incluso cuando alguien se engaña en eso -porque hay un bot o un “alguien” diferente al que se supone-. Ya lo vimos la vez pasada con la novia que se ponía celosa por los chats picantes de su chico con otras mujeres. Lo consideraba al mismo nivel que una infidelidad cuerpo a cuerpo. Claro que, en este caso no había pasaje de la pantalla a la presencia del cuerpo.

Creo que vamos pergeñando una perspectiva en la que cobra cierto valor esta posibilidad de pasaje de un campo a otro. Pareciera que la presencia deja huella, la presencia del otro nos dura un tiempo-quizá por eso no sea necesario tenerlos a todos juntos a la vez (¡menos mal!)-. Lo que aparece en la pantalla tiene la fuerza que aún perdura de la presencia anterior y se proyecta a la posterior.

Tal vez por eso, cuando el contacto se produce exclusivamente a través de la pantalla se abren todo tipo de posibilidades, algunas de ellas inquietantes. Por ejemplo, cuando un chico o una chica son atrapados por un canalla en la red. En este caso, es interesante subrayar que el peligro se vuelve efectivo cuando se pasa de la pantalla a la presencia.

Leyendo algunas declaraciones de jóvenes que se han visto envueltas en episodios con hombres (siempre son hombres, no he conocido ningún caso en que la canalla fuera una mujer) que han abusado de su confianza, en todos los casos se habla de la soledad del joven y se repite la expresión “no se lo puedes decir a nadie”. La vergüenza y la culpa les impiden hablar con alguien, algún adulto mayormente. Y eso el canalla lo detecta, lo aprovecha y lo cuida. Pero, entonces, ¿el problema es imputable a Internet o a la soledad de la chica en cuestión?

Quizás debamos decir que, aquello que ya venía sucediendo en las redes sociales en presencia, pasa a suceder también en las “redes sociales” de pantalla. El bullying es otro buen ejemplo. Es muy raro que suceda sólo en la pantalla, por lo general, tiene continuidad en presencia. Eso de meterse con alguno de los chicos en el cole ha sucedido siempre -lo cual no lo justifica y hay casos de gravedad extrema que exigen la intervención cuidadosa de los adultos-, pero allí, una vez más, nos podemos hacer la misma pregunta: ¿por qué está tan solo? Es decir, ¿qué pasa en su red social–familiar, por ejemplo- que un niño o una joven no tienen a quién decirle: “mira lo que me pasa”?

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