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Se dice que el aburrimiento es un fenómeno particular de la era de la modernidad, uno de los estados de ánimo más característicos de la vida contemporánea en occidente. Y que es consecuencia de la transformación de la sociedad.
Hace poco el diario Público daba una noticia sobre el estreno de la película documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini, y lo hacía subrayando un resultado indeseable e inesperado, a raíz del “éxito” de este país con respecto a su ideal de independencia. La noticia relata el tránsito desde el manifiesto gubernamental que hablaba de despegarse de las estructuras familiares anticuadas y la búsqueda de la independencia como valor fundamental a el estado actual de pérdida de habilidades sociales, vacío, sentimiento de insignificancia “y un aburrimiento absolutamente inimaginable”, citando a Zygmunt Bauman.

Bauman, es un sociólogo conocido por la construcción de la categoría sociológica de “modernidad líquida” como figura de cambio y transitoriedad, de la desregulación y liberación de los mercados. Alude a lo líquido en tanto sirve de metáfora de lo fluido, transitorio y volátil; marca de los vínculos humanos de la sociedad individualista y privatizada. “El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la Web”. Aludiendo a una sociedad líquida, incierta, imprevisible, decadencia del Estado del bienestar, por la que surfeamos agitados por las olas. Figura acorde con la metáfora bíblica usada en Isaías y Revelación donde se describe a la población – “pueblos y muchedumbre y naciones y lenguas” – como un “un mar agitado, cuando no puede calmarse, cuyas aguas siguen arrojando alga marina y fango”.

Vasquez Rocca, doctor en filosofía la describe como “un tiempo sin certezas, donde los hombres que lucharon durante la ilustración por poder obtener libertades civiles y deshacerse de la tradición se encuentran ahora con la obligación de ser libres asumiendo los miedos y angustias existenciales que tal libertad comporta.” Esa obligación de ser libre lleva al imperativo de tener que diseñar nuestra vida como “proyecto y perfomace”. “Ocuparte de ti mismo como si fueras el proyecto más importante del mundo”, recoge la noticia de Público. Sin embargo, sin estabilidad en las instituciones, sin transmisión de relatos colectivos que otorguen sentido a la historia y a las vidas individuales, es difícil encontrar las anclas para las existencias personales.

Me parece que puede pensarse que este sin sentido o vacío existencial, al que parece que -unos más que otros- estamos abocados en tanto sociedad, no es exactamente lo mismo que ese “aburrimiento inimaginable”. Hay algo del aburrimiento que está ligado al tiempo, sirva como ejemplo los padres que se desesperan con sus hijos adolescentes al verlos aburridos, perdiendo el “precioso” tiempo de la juventud. Leí que “en el aburrimiento el tiempo se amontona como los desechos”. Como los desechos…, inutilizable pero que pesa. Se amontona…, un tiempo del que uno no consigue apropiarse, en suspensión, que nos sobrevuela y en el que no conseguimos encontrar un lugar. No como si fuera un tiempo en que “no pasa nada” sino un tiempo al que no podemos pasar, incluirnos.

Al parecer, esta teoría sueca del amor comentada anteriormente supuso un ideal de independencia que se concreto entre otras cosas en unos envidiados beneficios sociales. Creando la ilusión de que es posible poder hacer con la vida realmente el proyecto que se quiera. Las opciones son múltiples y el objetivo puede alcanzarse de modo independiente. Salvando las distancias con nuestro país, aquí también se genera la ilusión de la multitud de posibilidades y el aparente bajo esfuerzo para conseguirlas crea un abismo angustioso ante la pregunta, “pero en realidad, ¿qué quiero?”. Y ahí también nos aburrimos, se genera una inapetencia creada por la saciedad. Salvando las distancias con nuestro país, a muchos de aquí esto también les resulta familiar. “Nos aburrimos cuando no sabemos que estamos esperando”, dice Benjamin. Y si como dice el refrán, el que espera desespera, se entiende que en ocasiones ese aburrimiento conlleve un estado de desesperación que nos hace sufrir.

Por otro lado, el paso a un ritmo fluido y acelerado por los objetos, sin posibilidad de freno y asimilación, crea desasosiego que incapacita para disfrutar del ocio. Agitados, en ocasiones, este se presenta como una fuga de la realidad personal que nos deja desvalidos de identidad y expuestos al aburrimiento, aburridos de nosotros mismos. Con los consiguientes riesgos de caer por ejemplo en conductas consumistas y adictivas – alcohol u otras drogas, navegación improductiva por la red, compras compulsivas…- o un hiperentretenimiento que narcotiza.

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